14.3.17

Looms



A la muerte se le gana todos los días y a veces simplemente no. se le enfrenta y el despertar implica una victoria.

Quiero destruirlo todo hasta las cenizas, no dejar bordes ni espacios. Desaparecer. Surfear el trafico como un día de vacaciones, llegar a tiempo y ser un modelo estándar a seguir. Ayudar a los que me utilizan a tener mejores ganancias, escribir rápido y no perder el tiempo; involucrar procesos capitalistas dentro del vacío que crece cada mañana, tener menos tiempos muertos durante la ducha. Salir temprano de casa para poder ceder el asiento en el autobús. Cruzar la calle antes del cambio de luz, esquivar los charcos uno a la vez. Sortear los peatones a contraflujo y los vendedores ambulantes como minas de un trayecto ciego. Un autómata de las aceras y los cruces peatonales, la luz del celular interfiere la periferia de mi visión. El silencio interno crece mientras el ruido ambiente hace una especie de fade-in, la señora de junto se preocupa por el almuerzo. El mar de gente me abraza cada tarde, trata de juntar los pedazos de quien trato de ser. Voy disfrazado tratando de jugar un rol que no me pertenece, viendo por la micro-ventana como juegan fuera todos mis compañeros, hacen gestos con sus manos mientras me animan a integrarme; trato de no prestar atención mientras reviso el correo, no quiero distracciones.

Voy hilando las pocas palabras que llegan entre tareas, la hoja se va llenando a la par que va perdiendo el sentido, pero es bueno poder hacer varias cosas a la vez, perder la capacidad de concentración y dejar todo inconcluso. Me he quemado más veces de las que puedo recordar, cada día descubro una nueva torpeza, mis dedos se atrofian poco a poco, mi vista se mantiene. No es la mejor condición, aunque para ser sincero no es mi mejor mes; soy más bien como la ciudad, deberías verme radiante durante el otoño, en los momentos en los que la neblina se hace presente y la luz toma un papel protagónico, no es que sea del todo fotogénico.

Hace unas noches soñé que me perdía entre los pliegos de la persiana. Afuera amanecía, la calle tenía algo de humedad de la noche anterior. Los recolectores de basura estaban esperando terminar la calle, luego de unas casas más retrocedieron. La monotonía de mi sueño es una señal de que a estas alturas la sorpresa ha escapado del todo. Quiero soñar acerca de ella, de su piel suave, de los momentos de silencio, del vibrar incesante, de la torpeza repentina. Aún tenemos movimientos mecánicos que culminan fuera de nuestras dimensiones.


Con este texto no pretendo nada extraordinario, pues a la muerte se la gana todos los días y a veces simplemente no.

Suena la alarma.

Es hora de despertarse.

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