5.8.13

Anclarse

Desde hace varios días que he venido sintiendo un extrañamiento para con la ciudad de nogales. No tengo claro del todo, si es simplemente el breve espacio ficcional que vivimos, las calles con gente muy metida en sus asuntos, el tren cruzando la frontera cada cinco minutos o simplemente la nieve que llega de improviso.

Los bares son otro asunto, me gusta la vida nocturna que se deja sentir a momentos, todo es difuso, es una especie de anonimato sobreentendido entre las personas. Por ejemplo el dealer semi-temporal que frecuente un poco, en las noches usaba pasamontañas y hablaba en códigos de la calle. Su espacio era suyo, es decir no era el callejón junto al hotel, entre la farmacia y los locales de artesanías; no. Su espacio era de él, toda la noche, de su compañero y sus radios llenos de alertas, recorridos cortos y saludos cordiales a los policías.

Me agradaba la idea de levantarme temprano, ver la nieve sobre los tejados. Escuchar el tren y salir corriendo; el ver poco a poco a los vendedores que siempre me ofrecían las mejores ofertas, los mejores precios y siempre me prometían estar al regreso. Las fondas, restaurantes y puestos callejeros, todo siempre, siempre tan lleno de ruidos urbanos.

El museo era otro historia, como mis clases; por las mañanas Isis me llenaba de retórica contemporánea hasta hacerme vomitar y querer salir por algún bocadillo, incluso huir al sótano para ver alguna de las proyecciones en turno; Iván por su parte, era más relajado; con voz regia y una sonrisa medio “pirata”. Cuando conocí a Iván, es decir una tarde-noche mientras le contaba de un bar cerca del hotel en el cual la cerveza costaba 6 pesos; me contaba cómo era la vida de Tijuana, y yo supe Tijuana era lo que quería en determinado momento de mi vida. Era una especie de bohemia entre músicos, cineastas y algunos fotógrafos; todos siempre viviendo entre san diego y Tijuana. Tijuana era su confort, su regreso no planeado, en mi caso es mi punto de partida.

Entonces dijo algo como: “Estaba pepe (mogt) y nos invitó a una fiesta pequeña de puros amigos de la escuela, y nos dijo que quería presentarnos unas rolitas que estaba moviendo; el escucharlos fue, fue wow, después de eso todos le dijimos que tenía que seguirle por ahí” justo en este punto de la conversación, la barra estaba cerrando, pero aún era temprano y era martes; decidimos perdernos por las calles, ver que nos podía ofrecer la ciudad, fue así como conocí al dealer que en situaciones futuras rompería el esquema furtivo de la frontera para saludarme en su día de descanso.

Respecto al museo, creo que es más bien una pieza de intervención en el espacio, pues la gente apenas y se pregunta la función de dicha construcción, su sentido y cualquier cosa que tenga que ver.


Una vez que se está en la frontera, uno termina perdido para siempre.

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