24.10.13

Mi padre siempre me dice de manera aleatoria: “Recuerda que tú mejor amigo, tiene un mejor amigo y ese amigo, también tiene un mejor amigo; es exponencial, así que ten cuidado cuando compartes algo” supongo que el lado bueno, sería que me recomendaran como diseñador; así mínimo tendría algo de provechoso todo el asunto.

Entonces me viene a la mente el taller de iluminación, que fue en una bodega entre los lugares perdidos de Guadalupe y el olor a pollo, más bien alitas; de cómo la gente se abalanzaba sobre los filtros-celofanes de colores, el Dolly parecía un pony y todos jugaban con las luces. Luego al final como el siniestro sobre los autos, porque recién era la temporada de huracanes, pero nos agarrón desprevenidos a todos.

Al final, los nervios eran muy visibles, por ejemplo el boleto del bus estaba doblado como en 4 partes, todas distintas. Después de unas llamadas y caminar algunas cuadras, se llegó el momento de cruzar el trecho del parque, como era un día nublado y casualmente jueves, no había nadie a esa hora, pero aun así me pareció una eternidad, más bien me pareció como el umbral, pues sabía que al final de toda esta odisea, te encontraría. Ahí estabas tú, de negro, con el linóleo; ahí estaba la tensión y también estaba yo, pero entre todo, estabas tú.

Luego como que todo fue confuso, porque no tenía sentido el ir al centro, para después volver a nuestros rumbos, supongo que estábamos nerviosos los dos; yo siempre estoy nervioso, nervioso es mi estado natural en la vida. Por tú parte, chocaste el carro de manera sutil, fue cosa de nada, pero eso fue suficiente para todo.

Luego de unas horas de silencio, maniobras y miradas como choques; la tormenta se nos salía de ojos y abarrotaba las mesas del establecimiento, más bien teníamos una mesa bien lejos y además todo el lugar estaba helado. Creo que fue básicamente lo que definió el hecho de que el manejar ya no era una opción.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Por un momento piénsatelo bien.