24.1.14

Aquamarina

Me gusta la ciudad con frio, con poca gente merodeando en el centro, porque es entonces cuando simplemente se encuentra la gente que tiene que ver con el centro. Yo no tengo mucho que ver con el centro, pero me agrada mucho; me gusta la idea de vivir en él, pues el centro vive en mí. No es como la idea de ser un chico urbano, me es más bien la idea del bullicio constante que va acaparando todo. Me agrada el vendedor ambulante, que va haciendo como 4 trabajos a la par que el semáforo se mantiene en luz roja, me agradan los transeúntes distraídos que se van embelesando con las líneas de fuga – casi nulas- que les da el panorama citadino. Todos los vehículos como ríos entre los breves espacios verdes. Aunque también me agrada la tranquilidad y silencio que brindan los espacios no urbanos, como lo son los arroyos, ranchos y ejidos. Me gustan los métodos establecidos que tienen para con cualquier situación que se anteponga frente a sus narices. Me gusta cuando llueve y salen insectos por todos lados y las praderas se ponen verdes y los barrancos se llenan de vida, todo se vuelve pacifico en esos momentos, pues el aire tiene un aroma que sabe a monte y te hace perderte a momentos.

Luego suena la alarma, son las 7 y es hora de volver al traje gris, para seguir teniendo esos momentos de escape entre juntas. En medio de la gráfica 2 y la 7 mi atención comenzó a fugarse con la idea de una pradera en tonos trigueños, tus labios como aquamarina, uñas color salmón y mirada clorofórmica. El negro de tu cabello es la advertencia perfecta para un depredador de tu calibre. La junta está por terminar dentro de este safari de ejecutivos y no queda masque ser el plato fuerte, para cuando te decidas a cometer el atroz deseo de acorralarlos ante una sala de juntas con tanta gráfica.


El trigo siempre tiene un sabor extraño, un sabor amargo, que solo el aquamarina de tus labios sabe deslavar bien.

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