17.2.15

Póliza



Fuera del letargo absoluto que viene siendo la semana, los vehículos imprudentes y el cambio repentino de humor en el clima, mis días de ser un cabrón han terminado pronto, estoy listo para dejar los insultos y actitudes agresivas con extraños e idiotas que se pasan la luz roja sin la menor preocupación mientras te agreden por estar en la zona peatonal. Estoy listo para estar callado y calmo en la barra mientras algún desconocido me cuenta la historia de su vida y los tonos de voces aledaños se vuelven más exagerados a cada momento.

Entre los libros abultados en el escritorio distante y las ropas tiradas como minando el cuarto hay una sinergia que bien podría estar jodiendo lo que resta del lunes. Hace más de cinco horas que la lluvia de ha puesto de modo, el viento ha tumbado todas las toallas y los pies se me han puesto helados.

En un momento de lucidez he querido plantarlo todo, cosecharlo, tener un jardín en la ventana, despertar y ver el verde abrumador, recibir el aroma de las hierbas, preocuparme repentinamente alrededor de las seis y tener un sentimiento de culpa al ver las plantas secas y prometerme no ceder de nuevo a las distracciones; forjarme una rutina, una ocupación sistemática que me lleve de la mano entre los pasajes del día.

Así pues, mis noches se acrecientan, los crujidos me hacen compañía, los relojes me apresuran y gershwin me calma un poco.

Quiero volver.

He vuelto.

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